miércoles, 9 de marzo de 2016

Una tostada de tomate

Aquí estoy, sola. En Maro Valles, una de las pastelerías pijas de Valladolid, emulando la primera escena del libro que estoy leyendo “Un perro” de Alejandro Palomas.

En el libro no es esta típica escena de escritor solitario, pero sí se desarrolla en una mesa frente en la cristalera del bar. Mira que es desesperante. Creo que esa escena va a durar todo el libro entero. En vez de ir al meollo es muy lento describiendo detalles de gestos, emociones y pensamientos. Han atropellado a su perro sí, pero ¿qué pasa? ¿cómo? Ahí sigo esperando mientras hay un despiece excesivo de sentimientos y de rasgos de personalidad de cada miembro de la familia que va apareciendo. Y nada del perro. Pensaba que contaría la historia del perro. Al menos, hasta ahora no lo ha hecho.

Mientras escribo esto, aquí estoy con mi tostada de tomate. Eterna ella, siempre a donde vaya, sea mañana o tarde, y el cola cao. El famoso cola cao que tanto tomé en mi época pachucha. Nunca café, y menos ahora que no sé si seré hipertensa.

Mmmm, el bizcochito que acompaña está bueno, pero me gusta más la tostada de tomate. Me recuerda a mi tierra, Extremadura. Me recuerda a mis desayunos con mi madre y con mis perros cerca.

Aquí estoy, sola. Como el escritor que en vez de en la soledad de su casa escribe en un bar porque se inspira más. Yo no me inspiro, sólo pienso y escribo lo que se me pasa por la cabeza. Pero yo no estoy sola como el escritor que lo necesita, yo lo estoy porque sí, porque es lo que me ha tocado. Es lo que tiene tener sólo unos pocos conocidos aquí y familia, sí, pero ahí queda.

No es tanto la soledad lo que me molesta, sino este dolor de cabeza constante. Me sube por la nuca y está ahí instalado en forma de cefalea tensional. Tensos los músculos, que no yo. Me está jugando una mala pasada ir encorvada, tengo las cervicales que parece que me ha pasado un elefante por encima. Y sin embargo, no puedo dejar de encogerme de hombros ante el frío que hace aquí. P*** frío de Valladolid.

Con esto del dolor han vuelto mis demonios depresivos, aunque esta vez les he hecho frente. Ando con la cabeza como una olla express, pero me aguanto. Me tomo las sustancias que me han prescrito y arreando. A ver si se quita por aburrimiento.

Qué rica la tostada…, otra vez, pero se ha acabado. Como para no estar buena, 2,85 napos que me han clavado. Esto es lo que tiene venir a estos sitios. Por ese dinero en Extremadura me ponen dos tostadas y más grandes, fíjate.

Estoy en el barrio de Parquesol, dentro de poco vengo a vivir aquí. Está bien, pero hay que coger el bus para ir a otros sitios del centro, aunque está bien equipado.

Y la casa nueva, ehmmm. Tengo dudas, últimamente (hace mucho tiempo, más bien) me siento de ninguna parte. Antes identificaba “mi casa”, ahora solo identifico “donde vivo”. Esto de no ser propietaria, que otros paguen y en el fondo tengan poder sobre esa casa, siempre te resta libertad a la hora de asentarte o decir “mi casa.”

También quiero un perro, por eso me decepciona el libro que he mencionado, porque no habla nada del perro, o al menos no en vida, tan sólo que lo han atropellado. Pero un perro es una responsabilidad y no sé si me dejan tenerlo en “la casa.” A lo mejor así no tengo que escribir aquí, solitariamente. Y me haría compañía.

Me imagino que, mucho antes de ciertos acontecimientos tristes ocurridos a mi familia, una tarde de estas en la casa de Mérida habría sido diferente que aquí. Pero antes de esos eventos tristes. Seguramente, habría ido con mis padres o sólo mi madre a hacer recados, ir a preguntar algo a alguna tienda o a sacar a los perros. Pero aquí no, aquí cada uno va por su parte y yo, como tengo que dar clases y salgo a las 19 h, me quedo aquí, sola. No son gente de esperar y compartir. Hay que mover los asuntos de la casa y la reforma por su cuenta, que para eso es su casa.

De todas formas, en la casa de Mérida ahora habría sido igual. Me habría quedado en casa porque mi madre estaría en el gimnasio y mi padre en el trabajo y sólo estaría mi hermano.

Así que da igual. Ahora bajo por la escalera del piso de arriba de la pastelería, para volver a casa, en el bus. Con el libro desesperante y con un zumbador por cabeza, sin contar la chepa. Ja, ja.


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